Cuando aterrizas en el mundo de la maternidad te das cuenta de muchas cosas. Da igual cuanto hayas leído y cuánto te hayas informado: hay ciertos detalles que, hasta que no los vives, no los comprendes. Anda que no habré leído yo a blogueras acerca de la falta de tiempo, de sueño, de la importancia de hacerse tuppers... ¿Y que ha pasado? Que no he sido consciente de lo genial que es sentarse a comer tranquila hasta que no he tenido a la Habichuela y he tenido que engullir la comida hirviendo. O engullirla fría después de calentarla tres veces y abandonarla las tres veces para atender a la peque.
Y sin embargo, hay algo de lo que no leo nunca y es de la importancia de vivir cómoda. Es más. No paro de leer a blogueras que inciden en la importancia de arreglarse para sentirse más mujer. Para estar bien con nosotras mismas. Y lo siento pero con esa idea, yo no comulgo. Me parece bien que haya chicas que necesiten arreglarse para sobrellevar el día a día pero yo no soy de esas. Es más, siempre os digo que tengo un estilo propio pelín zarrapastrosil y es la verdad. Desde antes de estar embarazada. Mi madre me cuenta que un día volví llorosa de la guardería porque me había puesto vaqueros y no había sido capaz de ir al baño sola. Y como tuve que pedir ayuda para desabrochar el botón me llevé un gran disgusto. Y cuando se lo conté me dijo:
- Tranquila mi vida, que a partir de hoy yo te llevo siempre en chándal.








