viernes, 19 de agosto de 2016

6 meses


El tiempo vuela y mi bebé va quemando una etapa detrás de otra. 

La Habichuela está en una etapa divertidísima pero también agotadora. Si a eso le sumamos la casa nueva, con su polstergeist cagón y sus chapuzas, apaga y vámonos.

Y es que Habi es una adelantada a su tiempo (o al menos eso me dice todo mi entorno). La semana pasada se sentó ella sola. Al principio como un tentetieso. Toda la tarde se pasó perfeccionando la técnica, orgullosa de sus progresos y por la noche ya se mantenía sentada perfectamente. 

Dos días después, Habi gateó.

jueves, 18 de agosto de 2016

Memorias de una monja (IV)



Mi suegra volvió de su viaje a Canarias y se reincorporó a su trabajo con los niños. Y sin embargo, estaba rara. Canarias había sido un punto de inflexión. Ya tenía 33 años, la edad de Cristo, y había conseguido más que muchas mujeres de la época pero le faltaba algo. Algo que, sin saberlo, había conseguido en Canarias.

Mi suegra se había quedado embarazada.

Llamó a su hermana mayor, muy asustada, en una época en la que ella ya era considerada una solterona (algo horrible) pero viniendo de donde venía aquello era casi que peor. Su hermana mayor la tranquilizó y le dijo que hablara con el padre. Así que mi suegra esperó al día siguiente para ir al parque con los niños y hablar con él pero él no apareció. 

lunes, 15 de agosto de 2016

Nos mudamos: Mordor se cae a cachos.



Mordor ha sido invadida por una familia hobbita. Ya es oficial. Hobbiton está prácticamente desmantelada y ahora todos nuestros enseres se encuentran apilados de cualquier manera por el salón y las habitaciones. Y para que mentir: estamos un poco agobiados.

Salir de una casa en la que estábamos tan contentos, que habíamos diseñado a nuestro gusto y que nos había quedado tan cómoda y práctica hace que te des de morros con la realidad de estar en la casa de otra persona. Así es como me siento yo ahora mismo en Mordor. Aún no la siento mi hogar. Vivo en la casa de mi padre, con sus estanterías, sus muebles grandes y pesados, su pladour por todas partes... Y no encuentro sitio para nada.

El Mozo opina que esta casa es una casa museo. La casa museo de mi padre. Una suerte de mausoleo que tenemos que dinamitar.

viernes, 12 de agosto de 2016

Memorias de una monja (III)



Mi suegra llegó a Madrid después de nueve años ordenada en un convento. Su misión en la vida había sido cuidar niños y una vez en Madrid consiguió rápidamente trabajo en la Inclusa. Ella empezó de encargada del comedor, como estaba en el internado de las monjas. Se encargaba de elaborar los menús e ir al mercado a encargar la comida para los niños. Aquí mi suegra empezó a encontrarse de verdad con los problemas de la posguerra. Y es que Madrid estaba siendo duramente castigado por su pasado rojo. Los suministros escaseaban y los niños de la inclusa no eran la prioridad para unas autoridades desbordadas. Pese a las dificultades, mi suegra me cuenta que lograba que sus niños (así los llama ella: sus niños) estuvieran siempre bien vestidos y todo lo bien alimentados que pudo lograr). 

Y es que mi suegra se acuerda de todos los niños que pasaron por sus manos (que fueron muchos) y recuerda con cariño a algunos con historias duras pero que guardan mucho amor. 

Durante sus años en la inclusa, mi suegra dice que estuvo muy bien. Que logró hacer lo que muchas mujeres no tenían la oportunidad de conseguir: ganar dinero para ellas. Aunque su hermano tenía que tutorizarla y mucho del dinero iba a parar a manos de su madre, ella logró comprarse su propio piso en el centro de Alcorcón y hacer amistades en la ciudad.

Una de esas amistades fue una prostituta.

miércoles, 10 de agosto de 2016

Memorias de una monja (II)



Mi suegra es la quinta hija de una familia de siete hermanos. Son originarios de un pueblo de Extremadura, un pueblo que a día de hoy aún podría clasificarse como perteneciente a la España profunda. En ese pueblo la vida era dura y su madre se encontraba prácticamente todo el año sola a cargo de casa, hijos y tierras. El abuelo del Mozo trabajaba fuera y solo aparecía un par de veces al año, encargaba otro hijo y se marchaba de nuevo a tierras lejanas.

En esas circunstancias se entiende que la mujer fuera disgregando la familia. A las hijas mayores las mandó enseguida a servir a Francia. Eran apenas preadolescentes pero eran tiempos de penuria y miseria. Al hijo mayor lo mandó a trabajar a la capital. Los dos pequeños eran retrasados y se quedaron con ella en el pueblo, ayudando con el huerto y los animales. Y a mi suegra le tocó irse interna a un colegio de monjas del que solo podía salir una o dos veces al año para volver a casa por vacaciones y Navidad.

Así que mi Suegra creció alejada de su familia, entregada a las monjas y ese colegio fue todo lo que conoció en este país que vivía agarrotado por una dictadura monstruosa. 

Mi suegra fue educada como las mujeres de la época: eternas menores de edad que eran propiedad de otras personas. Sus padres o sus maridos. Ser una solterona era casi peor que ser una madre soltera. Mi suegra sigue arrastrando esa educación y muchas veces tengo que parar al Mozo porque no termina de entender el porque su madre no es capaz de hacer multitud de cosas sola. Y pese a esa educación limitada, mi suegra tuvo la capacidad suficiente para ir eligiendo y decidir (en lo poco que la dejaban) hacia donde dirigir su vida.

Cuando terminó sus estudios tuvo dos opciones: volver al pueblo a vivir bajo el yugo de su madre (que debía ser una suerte de Bernarda Alba de manual), con sus dos hermanos pequeños, en una casa que no conocía, rodeada de gente a la que no estaba apegada, o quedarse en el convento. Y eligió lo segundo: quedarse y empezar a prepararse para pronunciar los votos.

Lo consiguió y se ordenó como monja. Ella pensaba que iba a quedarse en el colegio que ya conocía pero la Orden tenía otros planes y la mandaron lejos, a un colegio de Castilla la Mancha, donde entraría a cuidar a los niños más pequeñitos del internado. Mi suegra guarda muy buenos recuerdos de ese convento y la verdad es que cuando lo describe parece que hablara de una comuna hippy-comunista. Es muy curioso.

Ella cuenta que en ese convento todas eran iguales. Que a la Superiora había que tratarla con 'algo más' de respeto pero que trabajaba como una más. Y allí pasó nueve años de su vida. Nueve años trabajando en comunidad, recibiendo cada vez más responsabilidades. Pasó de cuidar a los niños durante el descanso nocturno a ser la responsable del comedor y más adelante, a ser profesora de labor, dibujo y baloncesto. Si señor. Mi suegra. La monja jugadora de baloncesto. El Mozo alucinaba imaginando a su madre en hábito, botando y encestando una pelota >_<.

Los años pasaron y su hermano mayor la contactó desde Madrid. En la Inclusa hacía falta personal y a su madre no le iba demasiado bien. El dinero que enviaban las hermanas de Francia y él desde Madrid parecía no ser suficiente. Le contó que en Madrid se hacía buen dinero y mi suegra no se lo pensó: abandonó la orden, colgó los hábitos y viajó hasta Madrid, ya como seglar.

<< Continuará....>>

lunes, 8 de agosto de 2016

De piscinas va la cosa

Nosotros no tenemos piscina. 

Es una maldición que nos acompaña allá donde vayamos. A los dos. 

Y nos encanta estar en remojo.

Yo soy acuática por naturaleza. Mi madre le tiene tanto miedo al agua que, pensando que me podría ahogar y ella no podría hacer nada, me apuntó a matronatación allá por los años 80, cuando esas cosas no se estilaban. Y la realidad es que en el agua me relajo. Amo nadar, flotar, voltearme, la sensación de no pesar nada... Pero nunca en la vida pude tener piscina.

El destino (y la burbuja inmobiliaria de este país) han hecho que, a día de hoy, tengamos prácticamente a todos los amigos con piscina. Ya sabéis: que si apúntate a una cooperativa, que si compra sobre plano que es más barato, que si cuanto antes empieces a pagarlo, antes lo terminarás....

El caso es que los pisos se han ido construyendo y todos, absolutamente todos, traen piscina de serie. Así que nosotros estamos megacontentos y más ahora, con la peque.

A lo que iba, que esto pretende ser un post de reflexión.

viernes, 5 de agosto de 2016

Memorias de una monja (I)



Mi suegra era monja. 

Así como lo oís.

Y su hijo (el Mozo) no solo no lo sabía si no que se tuvo que enterar de la mejor de las maneras posibles: viendo un álbum de fotos. La historia transcurrió de la siguiente manera.