Al retirar de la dieta los lácteos he tenido que buscar alternativas para sustituir a la leche y sus derivados tipo nata. Hasta el momento, las leches comerciales de soja, avena, arroz, etc, me resultan bastante vomitivas. Ni me gusta su textura ni su sabor. La de almendras me gusta mucho pero lleva azúcar añadido por lo que está vetada para esta primera fase de mi dieta anti-migraña.
Una buena amiga deportista que tuvo que abandonar también los lácteos me recomendó preparar leches vegetales caseras. Me he iniciado con la leche de coco que me juró y perjuró que era la más parecida a la leche de vaca.
Tras el experimento constato varias cosas:
La primera es que me encanta la leche de coco como ingrediente para cocinar. Ha resultado ser una estupenda alternativa a la nata en mis preparaciones habituales de pollo y salsas de pasta (que ahora son salsas para arroz :p)
La segunda es que como sustitutivo de la leche.... ¡Ngá! El café (descafeinado, recordad que los estimulantes están prohibidos) sabía extraño y demasiado graso para mi gusto y sola me pasaba lo mismo: un trago bien pero más no.
La tercera: no es para unas prisas. Las leches vegetales no son especialmente complicadas de hacer pero requieren de su preparación del campo de trabajo y un buen montón de herramientas.
La última pero no por ello menos importante: NO la guardéis en botellas bajo ningún concepto. La Hobbita, en su hobbitez más absoluta lo hizo y tras una noche en la nevera, la leche se decantó en dos capas, una blanca (el coco) y otra transparente (el agua). El coco solidificó y no había forma de sacar la leche ni de agitarla para que se mezclaran las dos capas. Tuve que utilizar un palillo chino para atravesar la capa solidificada y poder empezar a mezclar las capas. Así que apuntad el siguiente Consejo Hobbito: esta leche se guarda en tarros de boca ancha para poder meter una cuchara y darle vueltas antes de utilizarlo. Dixit!